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Las Señales


Cada mañana nos trae una bendición escondida, una bendición que solo sirve para este día, y que no puede ser ni guardada ni desaprovechada. Si no usamos ese milagro hoy, se perderá.
Este milagro está en los detalles de lo cotidiano; es necesario vivir sabiendo que a cada instante tenemos la salida para el problema, la manera de encontrar lo que está faltando, la pista adecuada para la decisión que precisamos tomar para modificar todo nuestro futuro.
Pero ¿cómo tener el coraje para eso? A mi entender, Dios habla con nosotros a través de señales. Es un lenguaje individual, que requiere fe y disciplina para ser totalmente absorbido.
San Agustín, por ejemplo, fue convertido de esa manera. Durante años buscó en varias corrientes filosóficas una respuesta para el sentido de la vida hasta que cierta tarde, cuando se encontraba en el jardín de su casa en Milán reflexionando sobre el fracaso de su búsqueda, escuchó una voz infantil en la calle que cantaba: “¡Ábrelo y lee! ¡Ábrelo y lee!”
A pesar de haber sido siempre gobernado por la lógica, decidió en un impulso abrir el primer libro a su alcance. Era la Biblia, y en ella leyó un fragmento de San Pablo con las respuestas que buscaba. A partir de allí la lógica de San Agustín abrió sitio para que la fe pudiese también participar, y él se transformó en uno de los mayores teólogos de la Iglesia.
Los monjes del desierto afirmaban que es necesario dejar actuar la mano de los ángeles. Para eso, de vez en cuando hacían cosas absurdas, como hablar con las flores o reír sin razón. Los alquimistas siguen las “señales de Dios”, pistas que muchas veces no tienen sentido, pero terminan llevando a algún lugar.





Paulo Coelho

Lugares sagrados


Un lugar se hace sagrado, cuando sirve de morada a algún santo porque su magnetismo puro, al irradiar de él, pone todo el ambiente en el tono de las vibraciones que dan paz. A veces hombres santos o seres, pertenecientes a mundos superiores magnetizan directamente determinados sitios, dé lo cual es ejemplo el caso mencionado en el Cuarto Evangelio, de un Ángel que a tiempos descendía a un estanque, y revolviendo el agua, le daba propiedades curativas.
En tales sitios aun los indiferentes hombres de mundo sienten en ciertas ocasiones la bienhechora influencia, experimentando cierta placidez y una inclinación hacia cosas elevadas. La Vida divina que en cada hombre reside, está siempre tratando de subyugar la forma y de amoldarla como expresión de sí misma. Es, por lo tanto, fácil de entender cómo esta Vida resultará ayudada en su tarea, cuando la forma es puesta en vibraciones simpáticas con la de un Ser altamente desarrollado, pues el empeño de aquélla viene a ser reforzado, por un poder mayor. Este efecto se reconocerá por la sensación de tranquilidad, de calma y de paz que es su consecuencia; la mente pierde su inquietud y el corazón su ansiedad. Cualquier individuo que a sí mismo se observe, podrá darse cuenta de cómo en unos lugares le es más fácil que en otros el sosegar la mente y dedicarse a la meditación, a los pensamientos religiosos y a la adoración.



En una estancia o en un edificio en donde son frecuentes los pensamientos mundanos, las conversaciones frívolas o las meras corrientes de la vida ordinaria, es mucho más difícil hacer que la mente entre en reposo y se reconcentre, que en los sitios en cuya atmósfera han flotado los pensamientos religiosos año tras año y siglo tras siglo. Este fundamento racional tienen los sitios de peregrinación y los sitios de reclusión temporal; el hombre, recogiéndose en su propio ser, busca a Dios dentro de sí, ayudado del ambiente que han creado millares de individuos que antes de él allí también de igual modo le buscaron. En tales sitios no existe únicamente el magnetismo producido por un solo santo o por la visita de una gran entidad del mundo invisible, sino que cada persona que penetre en ellos con ánimo devoto y reverente y esté además a tono con sus vibraciones, refuerza éstas con su propia vida, dejando los lugares en mejores condiciones que tenían antes de entrar.


Annie Besant
Cristianismo esotérico

Dichosos





Dichosos los que saben reírse de sí mismos, porque no terminarán nunca de divertirse.

Dichosos los que saben distinguir una montaña de una piedra, porque se evitarán muchos inconvenientes.

Dichosos los que saben descansar y dormir sin buscarse excusas: llegarán a ser sabios.

Dichosos los que saben escuchar y callar: aprenderán cosas nuevas.

Dichosos los que son suficientemente inteligentes como para no tomarse en serio: serán apreciados por sus vecinos.

Dichosos los que están atentos a las exigencias de los demás, sin sentirse indispensables: serán fuente de alegría.

Dichosos ustedes cuando sepan mirar seriamente a las cosas pequeñas y tranquilamente a las cosas importantes: llegarán lejos en esta vida.

Dichosos ustedes cuando sepan apreciar una sonrisa y olvidar un desaire: vuestro camino estará lleno de sol.

Dichosos ustedes cuando sepan interpretar con benevolencia las actitudes de los demás, aún contra las apariencias: serán tomados por ingenuos, pero es el precio justo de la caridad.

Dichosos los que piensan antes de actuar y rezan antes de pensar: evitarán muchas tonterías.

Dichosos ustedes sobre todo cuando sepan reconocer al Señor en todo lo que se encuentran: habrán logrado la verdadera luz y sabiduría.



Santo Tomás Moro

Hermano Sol, Hermana Luna

CÁNTICO DEL HERMANO SOL o ALABANZAS DE LAS CRIATURAS



Altísimo, omnipotente, buen Señor,
tuyas son las alabanzas, la gloria y el honor y toda bendición.

A ti solo, Altísimo, corresponden,
y ningún hombre es digno de hacer de ti mención
.
Loado seas, mi Señor, con todas tus criaturas,
especialmente el señor hermano sol,
el cual es día, y por el cual nos alumbras.
Y él es bello y radiante con gran esplendor,
de ti, Altísimo, lleva significación.

Loado seas, mi Señor, por la hermana luna y las estrellas,
en el cielo las has formado luminosas y preciosas y bellas.

Loado seas, mi Señor, por el hermano viento,
y por el aire y el nublado y el sereno y todo tiempo,
por el cual a tus criaturas das sustento.

Loado seas, mi Señor, por la hermana agua,
la cual es muy útil y humilde y preciosa y casta.

Loado seas, mi Señor, por el hermano fuego,
por el cual alumbras la noche,
y él es bello y alegre y robusto y fuerte.

Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la madre tierra,
la cual nos sustenta y gobierna,
y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba.

Loado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor,
y soportan enfermedad y tribulación.

Bienaventurados aquellos que las soporten en paz,
porque por ti, Altísimo, coronados serán.

Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal,
de la cual ningún hombre viviente puede escapar.

¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal!:
bienaventurados aquellos a quienes encuentre en tu santísima voluntad,
porque la muerte segunda no les hará mal.

Load y bendecid a mi Señor,
y dadle gracias y servidle con gran humildad.


San Francisco de Asís