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El reflejo de la vida

Había una vez un anciano que pasaba los días sentado junto a un pozo a la entrada del pueblo.
Un día, un joven se le acercó y le preguntó:

- Yo nunca he venido por estos lugares...¿Cómo son los habitantes de esta ciudad?

El anciano le respondió con otra pregunta:

- ¿Cómo eran los habitantes de la ciudad de la que vienes?

- Egoístas y malvados, por eso me he sentido contento de haber salido de allá.

- Así son los habitantes de esta ciudad, le respondió el anciano.

Un poco después, otro joven se acercó al anciano y le hizo la misma pregunta:

- Voy llegando a este lugar. ¿Cómo son los habitantes de esta ciudad?

El anciano, de nuevo, le contestó con la misma pregunta:

- Cómo eran los habitantes de la ciudad de donde vienes? 

- Eran buenos, generosos, hospitalarios, honestos, trabajadores. Tenía tantos amigos que me ha costado mucho separarme de ellos.

- También los habitantes de esta ciudad son así, respondió el anciano.

Un hombre que había llevado a sus animales  a tomar agua al pozo y que había escuchado la conversación, en cuanto el joven se alejó le dijo al anciano:

- ¿Cómo puedes dar dos respuestas completamente diferentes a la misma pregunta hecha por dos personas? 

- Mira - le respondió, cada uno lleva el universo en su corazón. Quién no ha encontrado nada bueno en su pasado, tampoco lo encontrará aquí. En cambio, aquel que tenía amigos en su ciudad,  encontrará también aquí amigos leales y fieles.
Porque las personas son lo que encuentran en sí mismas. Encuentran siempre lo que esperan encontrar.


Cuento Tradicional Sufi
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"Ver" más allá

Se cuenta la historia de un hombre que fue a India a encontrar a cierto santo del cual había escuchado. El hombre viajó por todas partes, juntando información. Finalmente encontró un camino a una oscura aldea donde un tendero le dijo que ciertamente el santo vivía en esa ciudad, donde él permanecía sentado debajo de un árbol.

Ansiosamente el peregrino fue de prisa hacia el árbol y encontró un hombre que se parecía a la descripción. Cuando intentó conversar con el hombre, sin embargo, el "santo" estaba sucio y borracho. Volvió entonces al tendero y se quejó con él por haberle dado información errónea.

-"Oh, ese era el hombre, correcto", insistió el tendero.

-"Pero el hombre estaba borracho", protestó el peregrino.

-"Si, él toma mucho. Pero si hubieras permanecido con él por un momento, habrías escuchado gran sabiduría. Mira, él es un alma iluminada que tuvo una única lección para aprender, compasión por aquellos que beben. Así que él tomó esa experiencia para completar todas sus lecciones terrenales. Fuera de ese único hábito él es un genio total. Si hubieras podido ver más allá de esa única particularidad, hubieras encontrado un santo".

Y así es con todos nosotros. Nosotros podemos ver que el jardín de todo el mundo tiene malezas y flores. Todos tenemos cosas que podrían ser usadas para condenación o redención. Nada va en una sola dirección, y todo es un asunto de punto de vista. Construimos o rompemos nuestras vidas con nuestros pensamientos. Aún así, Dios está en todo, y encontramos a Dios si sabemos mirar.

"Más allá de tus ideas sobre lo que es correcto y equivocado, hay un campo. Encuéntrame allí". Rumi

Alan Cohen
Dare To Be Yourself

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Siendo invisible en lo evidente

Pensamos según unas pautas determinadas y nos cuesta adaptarnos a un punto de vista diferente.

Nasrudin solía cruzar la frontera todos los días, con las cestas de su asno cargadas de paja. Como admitía ser un contrabandista cuando volvía a casa por las noches, los guardias de la frontera le registraban una y otra vez. Registraban su persona, cernían la paja, la sumergían en agua, e incluso la quemaban de vez en cuando.
Mientras tanto, la prosperidad de Nasrudin aumentaba visiblemente.
Un dia se retiro y fue a vivir a otro país, donde, unos años mas tarde, le encontró uno de los aduaneros.

- Ahora me lo puedes decir, Nasrudin. ¿Que pasabas de contrabando, que nunca pudimos descubrirlo?

- Asnos – contesto Nasrudin.



Cuento Tradicional Sufi
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Fruta masticada


Cierto maestro sufí contaba siempre una parábola al finalizar cada clase, pero los alumnos no siempre entendían por completo el sentido de la misma.

- Maestro – le dijo en tono desafiante uno de ellos una tarde -, tú siempre que nos hablas nos cuentas los cuentos pero no nos explicas nunca su significado más profundo.

- Pido perdón por haber realizado estas acciones que dices – se disculpó el maestro-, permíteme que en señal de reparación te convide con un rico durazno.

- Gracias maestro.

- Quisiera, para agradecerte como verdaderamente te mereces, pelarte tu durazno yo mismo. ¿Me permites?

- Sí, muchas gracias – se sorprendió el alumno, halagado por el gentil ofrecimiento que recibía del maestro.

- ¿Te gustaría mi querido alumno que, ya que tengo en mi mano el cuchillo, te lo corte en trozos para que te sea más cómodo a la hora de ingerirlo?

- Me encantaría, pero no quisiera abusar de tu hospitalidad, maestro.

- No es un abuso si yo te lo ofrezco. Sólo deseo complacerte en todo lo que buenamente este en mi mano. Permíteme que también te lo mastique antes de dártelo.

- ¡No maestro, no me gustaría que hizieras eso! – se quejó sorprendido a la vez que contrariado el discípulo -.

El maestro hizo una pausa reflexiva al tiempo que interiorizaba y dijo:

- Si yo les explicara el sentido de cada cuento a mis alumnos, sería como darles a comer fruta masticada.


Fuente: Cuentos Sufis, la filosofía de lo simple
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El zorro inválido

Un día un hombre vio a un zorro inválido y no entendía cómo haría para estar tan bien alimentado. Decidió seguirlo y descubrió que el zorro se había instalado cerca de un lugar donde solía ir un gran león a devorar a sus presas. Cuando el león terminaba de comer y se alejaba, el zorro se alimentaba con los restos a placer.
El hombre se dijo:

- Yo quiero ser como este zorro, quiero que el destino me trata de la misma manera.

Se instaló en un pueblo y se sentó en una calle a esperar. Pasó el tiempo y no sucedió nada, excepto que cada vez estaba más hambriento y débil. Entonces, en su debido momento, escuchó una voz interior que le dijo:

- ¿Porqué quieres ser como un zorro que busca la manera de beneficiarse de otros?

- ¿No te gustaría ser como un león para que otros se beneficien de ti?


Cuento tradicional Sufí
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Tres viajeros

En el transcurso de un viaje, tres viajeros se hicieron amigos. Compartían las alegrías y las penas. No era un viaje tranquilo, pues cruzaban zonas desérticas. El agua y la comida escaseaba, y ellos intentaban racionarlas lo mejor posible. Hasta que un día se dieron cuenta de que sólo les quedaba un trozo de pan y la mitad de una bota de agua. Comenzaron a disputarse los víveres, e incluso intentaron dividirlos, pero eran tan poca cosa que ni siquiera podían fraccionarlos.

Al caer la noche, con el estómago vacío, decidieron tumbarse y dormir.

- Al despertar – dijo uno -, nos contaremos nuestros sueños. Aquel que haya tenido el sueño más hermoso propondrá su solución.

Los otros dos estuvieron de acuerdo. Se fuerron a dormir. Cuando se levantaron a la mañana siquiente contaron sus sueños.

- He aquí mi sueño – dijo el primer viajero … Me desplazaba suavemente por regiones maravillosas, tan tranquilas y bellas como ha de ser el paraíso. Allí encontré a un hombre de gran y brillante mirada que me pareció la mismísima bondad y que me dijo: “Eres tú el que merece el pan, por tu vida pasada y también por tu vida futura, que son dignas de admiración entre todos los hombres”.

- ¡Qué extraño! – se sorprendió el segundo viajero … Porque yo en mi sueño he visto mi vida pasada, he visto mi vida futura y, en esta última, que todavía no ha empezado, me he encontrado con un hombre de gran sabiduría que me ha dicho: “Eres tú quien merece el pan, bastante más que tus compañeros, porque eres más paciente e instruido. El destino te ha elegido para dirigir a otros humanos. Es esencial que estés bien alimentado”.

Entonces el tercer viajero dijo: En mi sueño no he visto nada, no he oído nada, no he dicho nada. No me he encontrado con mi vida pasada ni con mi vida futura. Ningún sabio me ha dirigido la palabra. Pero he sentido una presencia todopoderosa, irresistible, que me ha forzado a levantarme, a buscar el pan y el agua, a comer el pan y beber el agua. Y eso es lo que he hecho, amigos.


Algunos textos sufíes dicen que “vivimos en un sueño del que a veces despertamos”. Vivimos la mayoría del tiempo en la irrealidad de los sueños, los deseos y lo que nos gustaría ser.


Cuentos Sufis, la filosofía de lo simple
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Un huevo




Cierta mañana Nasrudin envolvió un huevo en un pañuelo, se fue al medio de la plaza de su ciudad y llamó a los que pasaban por allí.

- ¡Hoy tendremos un importante concurso! – dijo – ¡Quien descubra lo que está envuelto en este pañuelo, recibirá de regalo el huevo que está dentro!

Se miraron, intrigados, y le dijeron:
- ¿Cómo podemos saber qué tienes dentro del pañuelo? ¡Ninguno de nosotros es adivino!

Nasrudin insistió:
- Lo que está en este pañuelo tiene un centro que es amarillo como un yema, rodeado de un líquido del color de la clara, que a su vez está contenido dentro de una cáscara que se rompe fácilmente. Es un símbolo de fertilidad, y nos recuerda a los pájaros que vuelan hacia sus nidos. Entonces, ¿quién puede decirme lo que está escondido?

Todos los habitantes pensaban que Nasrudin tenía en sus manos un huevo, pero la respuesta era tan obvia que nadie quiso pasar vergüenza delante de los otros. Se preguntaban a sí mismos: ¿Y si no fuese un huevo, sino algo muy importante, producto de la fértil imaginacón mística de los sufíes? Un centro amarillo podía significar algo del sol, el líquido a su alrededor tal vez fuese algún preparado de alquimia. No, aquel loco estaba queriendo que alquien haciera el ridículo.

El cuento relata que Nasrudin preguntó dos veces más y nadie se arriesgó a decir algo impropio. Entonces él abrió el pañuelo y mostró a todos el huevo.

- Todos vosotros sabíais la respuesta – afirmó – y nadie osó traducirla en palabras. Así es la vida de aquellos que no tienen el valor de arriesgarse: las soluciones nos son dadas generosamente por Dios, pero estas personas siempre buscan explicaciones más complicadas, y terminan no haciendo nada.


Cuentro Tradicional Sufí

¿Buena suerte o mala suerte?


Había una vez un hombre que vivía con su hijo en una casita del campo. Se dedicaba a trabajar la tierra y tenía un caballo para la labranza y para cargar los productos de la cosecha, era su bien más preciado. Un día el caballo se escapó saltando por encima de las bardas que hacían de cuadra. El vecino que se percató de este hecho corrió a la puerta de nuestro hombre diciéndole:



-Tu caballo se escapó, ¿que harás ahora para trabajar el campo sin él? Se te avecina un invierno muy duro, ¡qué mala suerte has tenido!

El hombre lo miró y le dijo:

-¿Buena suerte o mala suerte? Sólo Dios lo sabe.

Pasó algún tiempo y el caballo volvió a su redil con diez caballos salvajes con los que se había unido. El vecino al observar esto, otra vez llamó al hombre y le dijo:

-No solo recuperaste tu caballo, sino que ahora tienes diez caballos más, podrás vender y criar. ¡Qué buena suerte has tenido!

El hombre lo miró y le dijo:

-¿Buena suerte o mala suerte? Sólo Dios lo sabe.

Más adelante el hijo de nuestro hombre montaba uno de los caballos salvajes para domarlo y calló al suelo partiéndose una pierna. Otra vez el vecino fue a decirle:

-¡Qué mala suerte has tenido! Tu hijo se accidentó y no podrá ayudarte, tu eres ya viejo y sin su ayuda tendrás muchos problemas para realizar todos los trabajos.

El hombre, otra vez lo miró y dijo:

-¿Buena suerte o mala suerte? Sólo Dios lo sabe.

Pasó el tiempo y en ese país estalló la guerra con el país vecino de manera que el ejército iba por los campos reclutando a los jóvenes para llevarlos al campo de batalla. Al hijo del vecino se lo llevaron por estar sano y al de nuestro hombre se le declaró no apto por estar imposibilitado. Nuevamente el vecino corrió diciendo:

-Se llevaron a mi hijo por estar sano y al tuyo lo rechazaron por su pierna rota. ¡Qué buena suerte has tenido!

Otra vez el hombre lo miró diciendo:

-¿Buena suerte o mala suerte? Sólo Dios lo sabe.



Antiguo Cuento Sufí

Caravana camellos


Una larga caravana de camellos avanzaba por el desierto hasta que llegó a un oasis y los hombres decidieron pasar allí la noche.
Conductores y camellos estaban cansados y con ganas de dormir, pero cuando llegó el momento de atar a los animales, se dieron cuenta de que faltaba un poste. Todos los camellos estaban debidamente estacados excepto uno. Nadie quería pasar la noche en vela vigilando al animal pero, a la vez, tampoco querían perder el camello. Después de mucho pensar, uno de los hombres tuvo una buena idea.



Fue hasta el camello, cogió las riendas y realizó todos los movimientos como si atara el animal a un poste imaginario. Después, el camello se sentó, convencido de que estaba fuertemente sujeto y todos se fueron a descansar.

A la mañana siguiente, desataron a los camellos y los prepararon para continuar el viaje. Había un camello, sin embargo, que no quería ponerse en pie. Los conductores tiraron de el, pero el animal no quería moverse.
Finalmente, uno de los hombres entendió el porqué de la obstinación del camello. Se puso de pie delante del poste de amarre imaginario y realizó todos los movimientos con que normalmente desataba la cuerda para soltar al animal. Inmediatamente después, el camello se puso en pie sin la menor vacilación, creyendo que ya estaba libre.



Cuento Traicional Sufí

Tiempo


Una vez Nasrudin le dijo a su hijo:
- Pídeme lo que quieras y te lo daré.

El niño muy emocionado, pues conocía la pobreza de su padre, le contestó:
- Te lo agradezco de todo corazón.
- ¿Puedes darme tiempo hasta mañana? Tengo que pensar.
- Muy bien – dijo Nasrudín – Hasta mañana.

Al día siguiente, el hijo fue a ver a su padre y le pidió un burrito.
- Ah no – le contestó Nasrudín – no tendrás el burrito.
- ¡Pero me habías prometido darme lo que quisiese!
- ¿Y no he mantenido mi palabra? ¡Me pediste tiempo y te lo he dado!





Cuento Tradicional Sufi

Dos esclavos o dos Maestros




Una vez el sultán iba cabalgando por las calles de Estambul, rodeado de cortesanos y soldados. Todos los habitantes de la ciudad habían salido de sus casas para verle. Al pasar, todo el mundo le hacía una reverencia. Todos menos un derviche arapiento.

El sultán detuvo la procesión e hizo que trajeran al derviche ante él. Exigió saber por qué no se había inclinado como los demás.

El derviche contestó:

- Que toda esa gente se incline ante ti significa que todos ellos anhelan lo que tú tienes : dinero, poder, posición social. Gracias a Dios esas cosas ya no significan nada para mí. Así pues, ¿por qué habría de inclinarme ante ti, si tengo dos esclavos que son tus señores?.

La muchedumbre contuvo la respiración y el sultán se puso blanco de cólera.

- ¿Qué quieres decir? – gritó.

- Mis dos esclavos, que son tus maestros, son la ira y la codicia – dijo el derviche tranquilamente.

Dándose cuenta de que lo que había escuchado era cierto, el sultán se inclinó ante el derviche.



Cuento Tradicional Sufi

El maestro perfecto


Cuentan que cierto hombre decidió que tenía que buscar al maestro perfecto. Leyó muchos libros, visitó sabio tras sabio, escuchó, conversó y observó sus prácticas espirituales, pero siempre acababa dudando o sin estar seguro.
Transcurieron viente años hasta que encontró a un hombre del que cada palabra y cada acción correspondía a su idea del hombre totalmente realizado.
El viajero no perdió el tiempo.

- Tú – le dijo – me parece el maestro perfecto. Si lo eres, mi búsqueda ha terminado.
- Así es, se me describe con este nombre – replicó el maestro.
- Entonces, te ruego que me aceptes como discípulo tuyo.
- No puedo hacer eso – contestó el maestro – porque mientras que desees el maestro perfecto, él, a su vez, requiere sólo aquel que es el discípulo perfecto.

No hace falta buscar al maestro perfecto, nuestros maestros se encuentran por todos los lados. La gran sabiduría consiste en ser capaz de escuchar las enseñanzas de cada día y en saber vivir el aquí y ahora.





Cuentos Sufis, la filosofía de lo simple

Todo depende como se dicen las cosas


Un Sultán soñó que había perdido todos los dientes. Después de despertar, mandó llamar a un sabio para que interpretase su sueño.



El sabio dijo:
- ¡Qué desgracia, Mi Señor!
- Cada diente caído representa la pérdida de un pariente de vuestra Majestad

.. y el sultán gritó enfurecido:
- ¡Qué insolencia!
- ¿Cómo te atreves a decirme semejante cosa?
- ¡Fuera de aquí! ¡Que le den cien latigazos!

Más tarde el sultán ordenó que le trajesen a otro sabio para aconsejarle sobre lo que había soñado. Este, después de escuchar al Sultán con atención, le dijo:
- ¡Excelso Señor!
- Gran felicidad os ha sido reservada.
- El sueño significa que sobrevivirás a todos vuestros parientes.

Se iluminó el semblante del Sultán con una gran sonrisa y ordenó que le dieran cien monedas de oro al sabio.

Cuando éste salía del palacio, uno de los cortesanos le dijo sorprendido:
- ¡No es posible!
- La interpretación que has hecho del sueño es la misma que el primer sabio.
- No entiendo porque al primero le pagó con cien latigazos y a ti con cien monedas de oro.

El segundo sabio respondió:
- Amigo mío, todo depende de la forma en que se dice.



Cuento Sufí
Fuente: Cuenta Cuentos

Aceptar las limitaciones


Muchos problemas no tienen solución; simplemente nos invitan aceptar nuestra realidad y aceptar nuestras limitaciones.

Diálogo entre un médico y un anciano que se hace examinar.

Dijo el anciano:
- Siento dolores muy fuertes en la espalda. Quiero moverme como antes pero no puedo hacerlo
- Es por tu avanzada edad – dijo el médico

- Ya no estoy en mis cabales. Pierdo la memoria y olvido las cosas.
- Sí, porque eres viejo – dijo el médico

- También estoy perdiendo la vista.
- Es la vejez – dijo el médico

- Y me cuesta digerir lo que como.
- Desde luego, ya no estás en edad de comer cualquier cosa – dijo el médico

- Siento que mis manos tiemblan. Ya no me responden como antes.
- Es normal, eres viejo – dijo el médico

De repente, el anciano se enfadó:

- ¡Idiota! Pero ¿qué me cuentas? ¡Eres más ignorante que un burro! ¡Dios ha creado remedios para todas las enfermedades ... pero tú los ignoras! Todo lo que me dices es que soy viejo.
- Sí – dijo el médico. Y por eso te enfadas.




Cuento Sufi
Fuente: http://contarcuentos.com

Entre el saber y el sentir




Le preguntaron cierta vez a Uwais, el Sufí: «¿Qué es lo que la Gracia te ha dado?».
Y les respondió: «Cuando me despierto por las mañanas, me siento como un hombre que no está seguro de vivir hasta la noche».
Le volvieron a preguntar: «Pero esto ¿no lo saben todos los hombres?».
Y replicó Uwais: «Sí, lo saben, Pero no todos lo sienten».

Jamás se ha emborrachado nadie a base de comprender intelectualmente la palabra VINO.


Cuentos Sufis

Erudición o Realización


Un derviche pasaba por delante de un pozo seco en el que había caído accidentalmente un gramático en una noche oscura, y el desventurado daba gritos pidiendo ayuda. El derviche llamó a otros hombres pidiéndoles que trajeran una cuerda y una escalera para rescatar al hombre que estaba en el pozo. Pero el gramático gritó desde el fondo del pozo al derviche que, según las normas de la gramática, debía decir primero la palabra "escalera" y después la palabra "cuerda". Al oír esto, el derviche respondió: "¡Pues quédate donde estas, mientras voy a aprender a hablar como es debido!".
Los que se dedican constantemente a debatir sutilezas sin procurar desentrañar el significado interior de las cosas son como el hombre del pozo. Se quedan hundidos en las dificultades de la erudición que ellos creen tener y no buscan un maestro que los pueda conducir hasta un destino espiritual que valga la pena.




Cien Historias Sufíes

Las estrellas de mar


Había una vez un escritor que vivía a orillas del mar; una enorme playa virgen donde tenía una casita donde pasaba temporadas escribiendo y buscando inspiración para su libro. Era un hombre inteligente y culto y con sensibilidad acerca de las cosas importantes de la vida.
Una mañana mientras paseaba a orillas del océano vio a lo lejos una figura que se movía de manera extraña como si estuviera bailando. Al acercarse vio que era un muchacho que se dedicaba a coger estrellas de mar de la orilla y lanzarlas otra vez al mar.
El hombre le preguntó al joven que estaba haciendo. Este le contestó:

- “Recojo las estrellas de mar que han quedado varadas y las devuelvo al mar; la marea ha bajado demasiado y muchas morirán”.

Dijo entonces el escritor:

-” Pero esto que haces no tiene sentido, primero es su destino, morirán y serán alimento para otros animales y además hay miles de estrellas en esta playa, nunca tendrás tiempo de salvarlas a todas”.

El joven miró fijamente al escritor, cogió una estrella de mar de la arena, la lanzó con fuerza por encima de las olas y exclamó ” para ésta… sí tiene sentido”.

El escritor se marchó un tanto desconcertado, no podía explicarse una conducta así. Esa tarde no tuvo inspiración para escribir y en la noche no durmió bien, soñaba con el joven y las estrellas de mar por encima de las olas. A la mañana siguiente corrió a la playa, buscó al joven y le ayudó a salvar estrellas…





Cuento Sufí

El árbol de la felicidad


Cuentan que hace muchos, muchos años un peregrino tras caminar durante infinitas jornadas bajo el implacable sol de India deseó en su corazón poder descansar a la sombra de un árbol que le diera cobijo. Y así fue que, de pronto, divisó a lo lejos un frondoso árbol solitario en medio de la planicie.
Cubierto de sudor y tambaleándose sobre sus fatigados pies se encaminó alegremente hacia el árbol que hacia realidad su deseo. Al fin podré descansar, pensó, mientras se abría paso entre sus tupidas ramas que llegaban hasta el suelo. ¿Qué más podría desear? Tendiéndose sobre la tierra en su refugio vegetal trató de conciliar el sueño, pero el suelo estaba duro y mientras más el peregrino trataba de ignorarlo y descansar, más duro le parecía el suelo sobre el que estaba...-Si al menos tuviera una cama…, pensó.



Al momento surgió una imponente cama, con impolutas sábanas de seda, digna de un sultán. Brocados, lujosos tejidos de Samarkanda y las más suaves pieles cubrían el lecho. Y es que, sin saberlo, el peregrino había ido a sentarse bajo el mítico árbol de los deseos,aquel árbol milagroso que es capaz de convertir en realidad cualquier deseo expresado bajo sus ramas.El hombre se acostó en el mullido lecho relajándose.
-¡Oh, qué a gusto me siento, lástima del hambre que tengo! –pensó-, y ante él apareció una espléndida mesa cubierta con la más sabrosa de las comidas, con ricos y variados platos exquisitamente preparados y servidos en la más extravagante de las vajillas. Sobre las más finas telas imbricadas de hilos preciosos se mezclaban oro, plata y finísimo cristal con las más exóticas frutas y lujuriosos postres. Todas estas maravillas tomaron forma ante sus asombrados ojos. Todo aquello con lo que siempre había soñado en las solitarias noches de su largo peregrinar estaba ahora ante él.
El peregrino comía y comía con el temor de que tal prodigio desapareciera en el aire tan súbitamente como había aparecido. Pero, cuanto más comía, más comida aparecía. Y cada nuevo manjar era aún más sabroso y exquisito que el anterior. Finalmente dijo:
-Ya no puedo más y en ese mismo momento la mesa con todas sus maravillas se desvaneció en el aire.
Es maravilloso, pensó, mientras un sentimiento de felicidad le embargaba. No me moveré de aquí y seré por siempre feliz. Pero, de pronto, una idea terrible surcó su mente:
-Claro que esta planicie es famosa por sus feroces tigres. ¿Qué sucedería si un tigre me descubriese? Sería terrible morir, después de finalmente haber encontrado el árbol de la felicidad. Fue la milésima fracción de un segundo, pero bastó. Cumpliendo su deseo, en aquel momento surgió de la nada un terrible tigre que lo devoró.
Y así, el árbol de la felicidad quedó solo de nuevo, y allí sigue esperando la llegada de un ser humano de corazón completamente puro, donde no resida miedo, ni desconfianza, sino sólo responsabilidad y conocimiento.



Cuento Sufi

El conocimiento no es un bocado rápido


Había una vez una mujer que había oído hablar de la Fruta del Cielo y la codiciaba. Entonces le preguntó a cierto derviche, a quien llamaremos Sabar:

-“¿Cómo puedo encontrar esta fruta, para conseguir el conocimiento de forma inmediata?”

-“Harías mejor en estudiar conmigo”- dijo el derviche. “Si no lo haces, tendrás que viajar con determinación y sin descanso por todo el mundo.” La mujer lo abandonó y buscó a otro derviche, Arif el Sabio; y después encontró a Hakim, el Docto; luego a Majzub, el Loco; más tarde, a Alim, el Científico, y muchos más...

Pasó treinta años buscando, al cabo de los cuales llegó a un jardín. Allí se encontraba el Árbol del Cielo, de cuyas ramas pendía la resplandeciente Fruta del Cielo. De pie junto al Árbol estaba Sabar, el primer derviche.

-“¿Por qué cuando nos encontramos por primera vez no me dijiste que tú eras el Guardián de la Fruta del Cielo?”- le preguntó.

-“Porque en aquel momento no me habrías creído. Además, el Árbol sólo produce fruta una vez cada treinta años y treinta días.”




Idries Shah
La Sabiduría de los idiotas

La versión de la versión

Cierto día, un campesino fue a visitar a Nasrudin, atraído por la gran fama de este y deseoso de ver de cerca al hombre más ilustre del país. Le llevó como regalo un magnífico pato.
El Mulla, muy honrado, invitó al hombre a cenar y pernoctar en su casa. Comieron una exquisita sopa preparada con el pato. A la mañana siguiente, el campesino regreso a su campiña, feliz de haber pasado algunas horas con un personaje tan importante.
Algunos días mas tarde, los hijos de este campesino fueron a la ciudad y a su regreso pasaron por la casa de Nasrudin.

- Somos los hijos del hombre que le regalo un pato - se presentaron. Fueron recibidos y agasajados con sopa de pato. Una semana después, dos jóvenes llamaron a la puerta del Mulla.

- ¿Quienes son ustedes?

- Somos los vecinos del hombre que le regalo un pato. El Mulla empezó a lamentar haber aceptado aquel pato. Sin embargo, puso al mal tiempo buena cara e invitó a sus huéspedes a comer. A los ocho días, una familia completa pidió hospitalidad al Mulla.

- Y ustedes ¿quienes son?

- Somos los vecinos de los vecinos del hombre que le regaló un pato. Entonces el Mullah hizo como si se alegrara y los invito al comedor. Al cabo de un rato, apareció con una enorme sopera llena de agua caliente y lleno cuidadosamente los tazones de sus invitados. Luego de probar el líquido, uno de ellos exclamó:

- Pero .... ¿Qué es esto, noble señor? ¡Por Ala que nunca habíamos visto una sopa tan desabrida! Mulla Nasrudin se limitó a responder:

- Esta es la sopa de la sopa de la sopa de pato que con gusto les ofrezco a ustedes, los vecinos de los vecinos de los vecinos del hombre que me regaló el pato.

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En un momento dado, existe una verdad. Enseguida, todos la quieren conocer, pero reciben la versión de la versión de la verdad. Y en el fondo, nada pueden aprender de ella. Ciertas verdades son la sopa en la cual no hay ni sombra del pato.